Siempre me ha atraído la cultura nómada. Lo itinerante, lo cambiante, es una fuente inagotable de inspiración en mi trabajo. Cuando creí conocer la real, comenzó mi afición por la imaginaria. Fue así cómo descubrí Iggdrasil, el Árbol de la Vida en la mitología nórdica, y sus fantásticos relatos sobre los orígenes del mundo.
Según la tradición escandinava, en medio de Midgard (la tierra media) estaba Åsgard, y en medio de Åsgard había un inmenso fresno, llamado Iggdrasil, que había sido plantado por los dioses. Era el árbol más grande que nadie pueda imaginar. Una de sus raíces yacía en Åsgard, otra en Jotunheimen y la última en Niflheim. Las ramas de Iggdrasil eran tan largas que abarcaban el mundo entero. Él era el centro del universo, el polo axial del mundo, y mientras se mantuviese verde y frondoso seguiría existiendo la vida. No había mitos sobre su creación porque él mismo era la fuente primordial que nutría la vida: pasado, presente y futuro a la vez.
Cuenta la leyenda que como el clima del norte eran muy duro para las tribus nómadas, decidieron asentarse por un tiempo en las costas. Los Gigantes de Hielo las castigaban con tormentas terribles, los trolls y los malos espíritus las rodeaban, y extraños monstruos sin nombre hacían naufragar sus barcos. Eran tribus guerreras, y confiaban en sus dioses para que les protegiesen. Honraban a Odín, el Padre de Todo, cuyo reino está formado por Tres Tierras que contienen los Mundos que surgen de Iggdrasil.
Åsgard, la tierra alta, representa la individualidad y está habitado por los dioses. Para llegar a él hay que cruzar el puente de Bifrost (el arcoiris). En su sala principal, Valhalla, reinan el Padre de Todo, Odín, y la Madre de Todo, Frigg, y están las almas de los guerreros caídos en batalla. Es el reino de la memoria y el intelecto, entre otros muchos. Midgard, la tierra media, tiene cuatro reinos que representan las cuatro direcciones y los cuatro elementos. En ella vive la humanidad, nuestra realidad, que es la conciencia que da estabilidad a los Mundos. Al Norte está el origen de las aguas: la tierra de la niebla, un campo de magnetismo y contradicción, una zona de no existencia en la que nada puede sobrevivir. Su opuesto es el reino del Sur, la casa del fuego, donde brotan las chispas de la vida y de todas las formas de energía positiva. De entre el Norte y el Sur surge el equilibrio que permite la existencia. Al Oeste está está el hogar de los Vanir, los dioses de la fertilidad, cuyas cualidades son la intuición y los sentimientos. Al Este, Austri, el reino de los gigantes, cuna del pensamiento lógico y de la evolución. La Tierra baja es el Inframundo, hacia donde se adentran las tres raíces de Iggdrasil. Es el reino de los muertos, territorio de la diosa Hel, y el lugar a donde van las almas a renacer. Desde allí, los ancestros nutren a los vivos con su presencia.
Bajo el hechizo de estas historias, decidí viajar al norte, como los nómadas, pensando en la nueva colección. No empecé con muy buen pie. Volvía de la biblioteca de un pequeño pueblo costero, cargando con varios libros, cuando resbalé en el hielo. La sala de espera del hospital estaba vacía a no ser por mí y un chiquillo de unos 8 años -con el brazo derecho en cabestrillo- que esperaba junto a su madre. Me di cuenta de que nada más sentarme clavó su mirada en uno de los libros que llevaba conmigo. Era una preciosa edición –con un hada en la portada- de “Edda”, la fantástica novela que Snorri Sturluson escribió en el s. XIII. Hablaba de gigantes, enanos y dioses… en una maravillosa metáfora de la psique y la experiencia humanas. Le pregunté en inglés si lo conocía. Pero no me entendió. Su madre, una mujer joven de aspecto enfermizo, tampoco. Miré a la enfermera de la recepción pero su cara de pocos amigos me disuadió de pedirle ayuda, así que opté por el lenguaje internacional: extendí el libro hacia él, sonriendo. Lo aceptó sin decir nada. Sus ojos recorrieron las páginas con avidez, como si comprendiera, pero no podía entender ni una palabra, estaba en inglés. Imaginé la curiosidad que podía sentir y pensé en hacerle un dibujo para explicarle de qué iba el libro. Cuando saqué mi block me miró fijamente y, por primera vez, sonrió. Tardé varios minutos en hacer el esbozo. Durante ese tiempo fue acercándose muy poco a poco, casi imperceptíblemente, a mi. Cuando lo terminé estaba a mi lado, observándome con toda la curiosidad de sus años contenida en sus grandes ojos negros. Se lo dí. No era muy bueno, pero reflejaba claramente las tres tierras de Iggdrasil y a sus habitantes.
Después de observarlo unos segundos, me pidió el bolígrafo. Muy despacio, con su manita izquierda, dibujó un hombre de una sola pierna y un niño de un solo brazo. Cada uno a un lado de la diosa Hel.