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El Naturalista Ikebana NW119 Hidro-Vaquero

PVP. 89,95€     Un antiquísimo arte floral japonés basado en la armonía entre las flores y otros elementos naturales.

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89,95 € IVA incluído

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IKEBANA

Palacio de Congresos de Kyoto, Japón. Sala de Exposiciones.

No sé por qué, pero la elegí a ella. Era la única mujer japonesa de la sala y se mantenía en un discreto segundo plano junto a los demás maestros invitados a la conferencia sobre el Ikebana, un antiquísimo arte floral japonés basado en la armonía entre las flores y otros elementos naturales. Se llamaba Naomi Kishida, “belleza eterna”, y había hablado -en un perfecto inglés norteamericano- del origen religioso de este arte, la incorporación de la mujer a su práctica en el siglo XIX y el profundo amor por la vida que representa.

Yo había ido hasta allí buscando la documentación necesaria para mis bocetos de la nueva colección, así que me acerqué y le pregunté si le importaría contestarme a unas preguntas algún día de aquella semana.

- “Si ese día puede ser hoy no habrá ningún problema. Mañana regreso a EEUU”. Además de una de las pocas mujeres expertas en Ikebana, era catedrática de Biología en la Universidad de Boston. Me invitó a pasear por el espléndido jardín que rodea el Conference Hall y me habló de su infancia, del peso de la tradición en su familia y del destino que sus antepasados corrieron durante la II Guerra Mundial. No sé muy bien cómo, pero la entendí. Y ella a mí. Escuchó atenta la historia de mi familia de emigrantes. Dijo que le resultaba curiosa la profesión que yo había elegido y que no entendía qué interés podría tener su arte para mi calzado. Hablamos mucho tiempo sobre el color, la forma y la texturas… pero cuando le enseñé mis diseños me los devolvió sin decir nada.

Al despedirnos tuve la sensación de decirle adiós a una vieja amiga que hubiera reencontrado por casualidad. Volví sin ganas a la sala de conferencias para las charlas de la tarde. En cuanto terminaron, una azafata me entregó un papel: Naomi me invitaba a visitar un pequeño taller tradicional de Ikebana situado a las afueras de la ciudad. Entregando aquella nota podría conocer a su maestro, un anciano llamado Hirata, descendiente del gran Senjo Ikenobo, creador del estilo Shoka. Él me contaría cuanto desease sobre la cultura japonesa y el arte del Ikebana. Empecé a creer que de verdad había valido la pena atravesar medio mundo para llegar hasta allí.

A la mañana siguiente, cuando llegué al taller, me estaba esperando. De la hora que pasé con él sólo puedo decir que fue una de las más intensas que he vivido nunca. La tradición, el arte y el refinamiento los llevaba grabados a fuego en la piel y la mirada. Comprendí que le venerasen, y que no hacía falta ser japonés para hacerlo. Como no hablaba inglés, un sobrino suyo nos hizo de intérprete. Era un chico joven y tímido que cuando tenía que traducir la palabra “amor” se ponía colorado. El viejo Hirata me habló del Ikebana, es cierto, pero también de la vida, del paso del tiempo y de la muerte, que decía ver ya cercana. Antes de irme, me dijo que la señora Kishida había dejado algo para mi.

No podía llevármelas conmigo. Por eso me las había regalado.

Tal y como había visto hacer a los nativos, las dejé en un pequeño altar que había en la calle, cerca del hotel. Antes de verlas por última vez les hice una fotografía. Cuando llegué a España no paré hasta encontrar a alguien que pudo ayudarme a descifrar el final de mi particular enigma. Descubrí que la composición que Naomi me había regalado pertenecía a la escuela “Sogetsu”, creada en la década de los 30 por un grupo de críticos en desacuerdo con los estilos clásicos. Liderada por Sofu Teshigahara, la nueva corriente fue un soplo de aire fresco para un arte estancado en formas rígidas y arcaicas. Dijeron que la pieza era de un valor incalculable debido a la osada mezcla de tradición y creatividad que presentaba. Querían saber dónde había encontrado la foto.

Al parecer, Naomi había mezclado en su composición dos estilos completamente distintos: el “Shoka” y el “Moribana”. El primero dispone los elementos tal y como están en la naturaleza. El segundo rompe la tradición usando flores importadas… juntos, transmitían un mensaje tan rotundo como un grito. Su obra hablaba de libertad, tolerancia y amor. Era un homenaje a lo extranjero, repudiado durante siglos por su cultura, un emotivo y sincero canto al mestizaje. Aquella noche soñé que estaba conmigo. Vestida con un kimono de seda típico, me servía sake mientras hablaba de que en su interior disputaba una gran lucha: amaba y rechazaba a la vez a una cultura, la suya, que vivía a caballo entre la tradición y la modernidad. Me habló de lo que sentía con el Ikebana. Dijo que sólo en Japón era capaz de practicarlo. Que fuera de su propio país no notaba la desesperada necesidad de sentirse libre.

 



  • Tacón Plano
  • Suela Caucho natural
  • Plantilla Piel
  • Forro Piel
  • Empeine Piel bobina grabada
  • Color Azul turquesa y vaquero

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