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El Naturalista Organico n073 Marrón

PVP. 104,95€    Hay obras de arte que no pueden ni comprarse ni venderse, ni mostrarse ni esconderse.

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Organico

Hay obras de arte que no pueden ni comprarse ni venderse, ni mostrarse ni esconderse, ni conservarse ni desaparecer. Las de Andy Goldsworthy, un artista escocés que trabaja desde hace 20 años en espacios naturales, sin más herramienta que sus manos, son algunas de ellas.

Hace más de treinta años el matemático francés Benoit Mandelbrot demostró que en las formas irregulares y aparentemente caprichosas de la naturaleza existe una armonía secreta, un principio organizador tan complejo y preciso como la geometría. La teoría del caos mostraba que los fenómenos naturales se rigen por patrones de armonías sutiles y poéticos, una "morfología de lo amorfo" con un orden secreto y una simetría oculta.

Las esculturas de Goldsworthy pueden definirse como el intento de imponer algo de orden en el caos aparente de la materia en su estado natural. Y en el desorden del mundo.

Sus trabajos son diálogos mantenidos con la naturaleza, no para capturarla, sino para participar en ella. Están hechas con hielo, piedras, madera y hojas, y se encuentran en sitios remotos, lejos de la mirada de la gente: la ribera de un lago, una isla, un bosque… Como su propia naturaleza, son efímeras. Inspirado en el arte primitivo, usa elementos geométricos muy sencillos... porque, a través de la simplicidad, quiere expresar el sentido de la existencia humana, de lo visible y lo invisible. La obra de Goldsworthy se adentra en la antigua preocupación del hombre por resolver el enigma de su relación con la naturaleza.

Su arte, como la vida, no sobrevive el paso del tiempo. Desaparece con la erosión del terreno, la lluvia, las mareas o porque él mismo lo desarma una vez que la obra ha cumplido su propósito. Muy pocas personas han podido verlo. Sólo llega al público a través de fotografías, películas, mapas o dibujos, que se exponen en museos y galerías… o se venden a coleccionistas privados. Uno de estos últimos era un antiguo cliente de la empresa para la que yo trabajaba por aquel entonces.

La primera vez que me habló del mapa yo no sabía ni quién era Goldsworthy. Escuché la historia sobre la subasta en la que lo consiguió sin demasiado interés, para mi era la anécdota graciosa de un ricachón encaprichado por el arte. Pero cuando, años después, vi unas fotografías sobre los trabajos de Goldsworthy en el Ártico, me di cuenta de mi error. Tardé mucho tiempo en encontrar una razón “convincente” para pedirle a Mr. X (dejémoslo así) que me enseñara su mapa. Debió creer que tenía cierto mérito el haberle encontrado después de tantos años, en la remota Isla de Pascua, donde había fijado su residencia. O a lo mejor es que ya estaba muy mayor… y le apetecía que alguien le prestara atención. El caso es que me dijo que si, no sin antes advertirme que probablemente ya no quedaría nada. Había pasado mucho tiempo. Me pidió que después le contara qué había visto. El mapa indicaba una diminuta y recóndita playa del norte de Inglaterra.

Siguiendo las indicaciones de los lugareños, tras más de dos horas de caminata, recorrí palmo a palmo cada rincón de aquella escarpada playa, hasta que encontré el lugar donde el artista había recreado su particular visión del mundo. Su disposición -entre dos grandes rocas- la había protegido de los vientos y mareas. Inexplicablemente, la genial maravilla de Goldsworthy estaba casi intacta. Volví al día siguiente a hacer fotos. Y al otro. Y al otro. Durante una semana fui hasta aquella playa como un peregrino. Me sentía profundamente satisfecho, las fotos eran buenas. Había captado cada color de aquel mágico lugar, cada textura… sería un magnífico material de trabajo. El último día, la marea subió de repente y -cuando quise darme cuenta- ya no podía regresar. Tardé un poco todavía en asimilar que no podría salir de allí yo solo. Al bochorno de tener que pedir que vinieran a rescatarme se unió el miedo por mi vida. Una operadora muy amable me explicó que estaban desbordados debido a los estragos del temporal en la zona, y que si mi vida no corría peligro me pusiera a cubierto y esperase a que amainara porque iban a tardar... Qué simpática. Fue un capricho del destino, no hay duda. Había ido hasta allí a documentarme sobre la fragilidad… y la única que encontré fue la mía. El cazador cazado. Durante las horas que pasé allí solo, pensé en la importancia de una simple acción en el orden de las cosas. Vivimos en una cultura llena de contradicciones: amparados en una posición “ambientalmente correcta” condenamos la explotación de los recursos naturales agotables… pero a la vez consumimos alegremente los productos de una industria que devasta el ecosistema. Después, cuando la naturaleza nos paga con la misma moneda, nos compadecemos de nuestra suerte. Somos animales de costumbres, y tenemos la costumbre de ser unos animales.

Cuando llegaron por fin, el Sr. McKenzie ya se había ocupado de mi. Era un viejo pescador que me había visto cada día desde el mar. Al ver la tormenta acercarse, imaginó que el extranjero imbécil debía seguir allí, y vino –en la vieja moto que usaba para vender el pescado por los pueblos- a echarme una mano. No entendía por qué había ido tan lejos sólo para ver “arte”. Y yo tampoco supe cómo explicárselo.

 

 



  • Color Marrón
  • Empeine Piel bobina grabada
  • Forro Piel
  • Plantilla Extraible
  • Suela Caucho natural
  • Tacón 2 cm.

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